Páginas

sábado, 7 de abril de 2012

¿Por qué será que cuando más necesitas a alguien, es cuando nunca hay nadie? ¿Por qué será que cuando lo tienes al lado, nunca quieres contarle nada? ¿Por qué costará más trabajo hablar de los temas que más daño nos hacen, que hablar de los que menos nos molestan? 

Había llegado un momento en el que, de rodillas en el suelo, llorando y sufriendo, una pregunta había cruzado mi mente, fugaz y necia, intentando despertar el poco razonamiento que albergaba mi conciencia. Del purgatorio había ido a parar a otra clase de purgatorio y los dos eran igual de malos para mí. 



La Luna seguía ocultando al Sol bajo su manto plateado, persiguiéndolo en una carrera infinita. Las estrellas parecían caer, simulando las lágrimas de aquel satélite infinitamente más pequeño que aquel colosal monstruo de fuego.

La Luna jamás se mostraba igual. Daba igual desde qué perspectiva observarla. Era la misma Luna que todos observaban y distinta al mismo tiempo y, aunque fuera igual para todos, siempre se presentaba de una manera diferente a la de la noche pasada o a la de la noche siguiente. Igual que sus lágrimas, siempre diferentes, siempre nuevas y algunas, más viejas, las cuales acababan evaporándose como si fueran agua de mar. Pero el proceso era tan lento, que nosotros apenas éramos capaces de apreciarlo. La muerte de una estrella… la muerte de una lágrima… ¿En qué se diferenciaban a parte de en el tiempo tan dispar en el que tardaban en desaparecer?